Hay materiales cuya belleza está en cómo cambian con el tiempo. La madera adquiere pátina, el lino se suaviza y algunas piedras van mostrando las huellas del uso.
El cristal tiene otra cualidad: permanece.
Un material hecho para contener
El vidrio lleva siglos acompañándonos precisamente por su capacidad para contener. Es sólido, no poroso y no absorbe fácilmente aquello que guarda en su interior. Puede lavarse y volver a utilizarse una y otra vez.
En una vela perfumada, además, el recipiente no es simplemente una elección estética. Debe convivir con la cera, la fragancia y el calor generado durante la combustión. Por eso el vaso forma parte del desarrollo de la vela, no del envoltorio que añadimos al final.
Elegimos un vaso de cristal con acabado exterior mate en un tono borgoña, parte de la familia cromática de ELŌRED, y un interior metalizado en champagne. Queríamos que tuviera presencia incluso cuando la vela estuviera apagada porque, si lo pensamos, una vela pasa muchas más horas siendo un objeto dentro de una casa que encendida.
El acabado exterior absorbe visualmente la luz; el interior, en cambio, la refleja. Cuando encendemos la vela, la llama hace visible el interior de una manera diferente. Nos interesaba esa doble condición: un objeto que forma parte de la casa cuando está apagado y que cambia con la luz cuando se enciende.
Antes de encender la vela
La etiqueta que rodea el vaso, el papel que acompaña el producto, el sobre que contiene una carta o la propia caja son algunas de las primeras cosas que pasarán por las manos antes de encender la vela.
Por eso nos interesan los materiales que conservan cierta presencia táctil. El algodón puede aportar una superficie suave y ligeramente fibrosa; el lino tiene una irregularidad reconocible que forma parte de su carácter; y el papel cambia dependiendo de su composición, gramaje y acabado.
Su elección forma parte del mismo proceso que la del cristal: materiales distintos que deben sentirse parte de un mismo objeto.
Lo que queda
Cuando la vela termina, el cristal permanece.
No queríamos diseñar un recipiente cuya vida tuviera que terminar necesariamente con la última combustión. Una vez consumida la vela y correctamente limpio el vaso, puede guardar pequeños objetos, brochas, flores secas o simplemente permanecer donde estaba.
No queremos decidir cuál debe ser su segunda vida. Nos interesa que pueda tenerla.
Porque conservar un objeto no debería sentirse como una obligación, sino ocurrir simplemente porque aún nos gusta.

